martes, 6 de marzo de 2012

La vida en un suspiro

Un diagnóstico médico explica, con una sola palabra, la terrible experiencia que viví el 18 de noviembre de 1989, en La Avenida de Anaga, y que transformó todos mis esquemas mentales, mis creencias y mi existencia.


El paso de peatones de la avenida se extiende a lo largo de una de las calles más anchas y transitadas de la ciudad. Donde las olas antes mostraban su temperamento, ahora se levantan altos edificios que ocultan lo que fue un humilde barrio de pescadores con sus añosas corralas. En sus patios, hablaban los ancianos de las maldiciones con que el mar se había vengado del robo sufrido. De pequeña, me deleitaba escuchando las historias de desaparecidos o hallados en tierra firme con los pulmones anegados de agua salada. La edad me trajo el escepticismo que sólo acepta lo que posee aval empírico, por ello, no comprendía la animadversión que despertaba en mí el mítico paso y nunca pude sospechar que sería la protagonista de uno de aquellos sucesos inexplicables.


Aunque dicen que he extraviado mis recuerdos, puedo evocar con claridad aquel 18 de noviembre, porque está asociado con multitud de emociones desconcertantes. Aquel día, ya hace treinta años, los vientos Alisios soplaban con fuerza y alborotaban mi pelo que debía apartar, continuamente, de mi cara. Sin embargo, y como de costumbre, lucía el sol y la temperatura era agradable. Me situé sola al pie del semáforo en rojo. Los automóviles enrarecían el aire con los gases que desprendían sus tubos de escape y la ruidosa marcha de sus motores. Hacía dos días que Diego había bajado las escaleras cargado de maletas y se había negado a explicar los motivos que le alejaban de mí. Me encaminaba, sonámbula, a la comisaría de policía para denunciar su abandono del hogar conyugal, siguiendo las recomendaciones familiares. Mi cuerpo, convertido en un cúmulo de síntomas, aunaba las palpitaciones con el peso de una piedra invisible que oprimía mi pecho helado.


Al pie del semáforo, y a pesar de mi miopía, pude distinguir, allá, al otro lado de la vía, a una mujer que esperaba, como yo, la luz verde para cruzar. Regordeta, de pelo blanco, vestía pantalones ajustados bajo una blusa holgada y larga sin hombreras. Llamó mi atención al sugerirme, de forma inexplicable, una íntima familiaridad. Mi mente estaba ocupada buscando, entre sus múltiples rincones, un dato que la identificara, cuando escuché un frenazo seco. El semáforo me dio paso y bajé el bordillo de la acera. En ese preciso momento, el viento cesó, un silencio ominoso olvidó el sonido de los motores y el piar de los pájaros refugiados en los árboles que bordeaban la avenida. La mujer permanecía quieta al otro lado y, mientras me acercaba, mi mente obtenía datos imposibles de procesar, podía ver en ella mi altura, mi mandíbula ancha desdibujada por la flacidez del rostro, mi boca grande ribeteada de arrugas. Mi yo envejecido parecía esperar mirándome con dulzura.


Durante el trayecto, que parecía no tener fin, vi innumerables puestas de sol precipitarse en la línea del horizonte Ante mis ojos se desarrollaron escenas que yo protagonizaba; se sucedían en asociaciones oníricas que mi mente lógica no lograba procesar. Recuerdo que, en una cafetería, vi un hombre cuya presencia aceleraba mi corazón. Recuerdo una ceremonia civil al lado de aquel hombre. Recuerdo el dolor de un parto... Las sensaciones se sustituían unas a otras con frenesí. Hacía esfuerzos ímprobos por avanzar. Mis pasos se hicieron más lentos. Comenzó a dolerme la espalda y la rodilla derecha. Me pesaba el bolso. Mis músculos eran barro en manos de un artesano. A medida que me acercaba a la mujer, su contorno se desdibujaba y su figura adquiría una transparencia luminosa.


Al subir el bordillo de la acera, sentí una suave brisa cálida. Los automóviles recuperaron su marcha y los pájaros retomaron su algarabía. Un hondo suspiro se escapó de mis pulmones. La mujer había desaparecido por completo. No podía reconocerme a mi misma como el yo que acostumbraba ser. Sentía una extraña paz que contrastaba con las emociones desbocadas que había dejado al otro lado del paso de peatones Me percaté de que estaba dibujando una sonrisa mientras veía pasar a la gente que caminaba con ligereza, a lo largo de la avenida, vestida con ropa deportiva. Nadie me miraba. Nadie parecía darse cuenta de lo que había pasado. Abrí el bolso que llevaba colgado al hombro, era el mismo que le había visto a la extraña mujer. Mis pantalones y mi blusa eran los mismos. Al tocarme la cara, noté la flacidez de los músculos. La paz que había sentido dio paso al espanto. Un sudor frío bañó mi nuevo cuerpo. Una luz blanca inundó por completo mi campo de visión.


Me contaron que me desmayé. Me trajeron a esta casa desconocida y me cuidó el hombre que vi mientras atravesaba la calle. Todos los días ese hombre amable y bueno, que dice ser mi marido, me muestra fotografías en las que me reconozco, y me cuenta una historia de mi vida que acato como cierta, porque la vi transcurrir ante mi durante aquel extraño trayecto por la Avenida de Anaga.


El médico me ha diagnosticado amnesia. Yo guardo silencio y pienso: la vida pasa en un suspiro.